El viento soplaba en una noche mas de las que me acostumbre a vivir en la gran ciudad. Soplaba atenuado por una fortaleza penetrable, débil, caotica. Sin prisa, se filtraba en mi ventana junto al ronco estruendo del motor del colectivo que por la esquina doblaba. Poco atrevido, golpeaba mi cara rellena de un cansancio indiferente, monótono, desgastante, depresivo. No sabía por que me aturdia hasta tal punto. Simplemente caía, me sumía a su poderoso malestar del que cuesta salir. Ese que aburre, insensibiliza. Ese que te encierra en tu mente y se dedica a practicar punteria con lo que queda de un alma derrotada.
Fruto del cansancio, surgen nuestros pensamientos mas sinceros. Es un estado mental equivalente a una gran borrachera... Pero sin necesidad de la resaca. Esos pensamientos, muchas veces tienen un filtro... O no. Simplemente nos dejamos llevar por el reflejo de un aura apagandose poco a poco y que necesita saber que al menos una cicatriz en otra memoria dejara.
A veces son pocas cosas las que momentaneamente alejan de ese trance... Una compañia, una charla.... Una sonrisa.
A veces, levantarse ya no es opcion... Simplemente una idea que despues de insistir tanto, queda completamente descartada.
A veces, simplemente te sentas a escribir lo que sale de tu mente creyendo, por mas conciente que seas, de que nadie lo va a leer.
Y aqui estoy.
Aburrido, resquebrajado, viejo. Caido... A veces la soledad es un mal que intranquiliza hasta al mas impertubable...
Adios sera
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