domingo, 9 de octubre de 2011

Aabí


Hubo una vez, hace mucho tiempo atrás, una sociedad donde la vida se basaba en la paz, donde los sueños no eran imposibles de hacer realidad, donde la felicidad no era un triste anhelo que muchos solían tener.
En esos tiempos, hubo un hombre que fue un ser de admiración, pero no por saber, sino por demostrar que las cosas que nadie se atrevía a ver y a decir se habían convertido en el veneno de su sociedad. Su nombre era  Arié Aabí.
 El día que los ojos de cada ser se taparon por una venda invisible fue el día que todo se cayó en la utopía de la vida. El día que esa sociedad encontró formas de degradar, se degrado a sí misma. Tanto fue así, que el día que este hombre apareció en las vidas de quienes creían que ya no había un motivo para luchar por unos ideales que ya parecían estar perdidos, una llama se reavivo.
“¡Yo, yo! ¡Yo!” –Dijo por primera vez en un bar Aabí- “¡Yo es todo lo que escucho decir! ¿Pero quién soy yo? ¿Quién sos vos? ¿Quiénes somos para juzgar a quien se encuentra a nuestro lado?”. La primera respuesta que oyó lo sorprendió: “¿Y quién es usted para cuestionar nuestra forma de ser?”.
En ese momento, Arié Aabí  no contestó. Simplemente dio una vuelta sobre sus pensamientos y se retiro del lugar.
Al día siguiente volvió al mismo lugar y busco al hombre que le había respondido de forma tal que él se quedara sin palabras para contestar. Luego de un día entero de reflexión, su respuesta fue: “Soy uno más del montón, pero no espero el día que nazca un pensamiento que cambie al mundo, sino que propongo generarlo con lo que mi cabeza cree correcto”.
En ese momento, otro hombre que escuchaba la conversación, atinó a preguntar qué era lo que creía correcto. “Creo correcto que en la vida haya un pensamiento que busque el beneficio de cada uno, pero creo también que el pensar solamente en uno mismo es lo que nos destruye- dijo Aabí- Yo me pregunto, señores, ¿qué logramos con ponernos delante de todo? ¿Qué logramos con mofarnos del proyecto ajeno sin siquiera saber de qué se trata y ni siquiera ser capaces de proponer soluciones en vez de tirar abajo una idea pensada para el beneficio de muchos más de lo que estamos acostumbrados? Muchos de ustedes viven hoy a duras penas. Muchos de ustedes fueron justamente los que pensaron que nada en esta vida realmente vale la pena y que es mejor bajar al que sueña antes de que los superen. ¿Y eso por qué? ¿Envidia? ¡Digan la verdad!”. Mientras Arié Aabí decía estas palabras, toda la gente en ese lugar se fue callando y comenzó a escuchar lo que inicialmente comenzó como un comentario y ya era un reclamo. “Hoy en la sociedad que criamos con nuestras ideas, nadie quiere hacerse cargo de la cruda realidad que vivimos. Creamos burbujas que no sirven para nada y decimos que todo va a estar bien mientras esperamos que otro se encargue. Mientras tanto, somos nosotros los que maltratamos a todo lo que nos rodea. Directa o indirectamente somos quienes decidimos perjudicar la vida ajena… nuestra vida al fin. Creemos que el saber aprovecharse de los demás es digno de respeto. ¡Creemos que así como juzgamos nadie nos juzgará! Y yo les pregunto: ¿En serio creen su propia mentira?”

Esa pregunta fue la chispa que genero una explosión violenta. “¿Cómo se atrevía este hombre que salió de la nada a decirnos que todo lo que hacemos es una mentira?””¿Quién se cree que es para decir que somos el mal de nuestra sociedad?” “¿Acaso no sabe que estamos sin trabajo por esos extranjeros de mierda que solo vienen a sacarnos el poco trabajo que todavía nos queda?”” ¿Cómo puede ser que un hablador quiera decirme que no puedo hacerle a mi esposa lo que yo quiera ni castigar a mis hijos como me plazca?” Esas fueron preguntas que se oyeron en la discusión que Arié generó.
Él, seguro de poder continuar, siguió diciendo: “¿Ustedes son felices con lo que son? Yo aquí, veo ricos y pobres. Díganme ustedes: ¿Son felices con lo que la vida les dio? ¿Les da felicidad a los ricos el poder comprar todo sin el más mínimo esfuerzo? ¿Les da satisfacción a los pobres el esforzarse para que otro les goce el poder tener más? Mírenme, yo no soy un ser religioso. No vine a predicar la palabra de ningún dios ni vine a imponerles una idea. Solo vengo a hacerlos reflexionar, así como yo lo hice: Todo en esta vida tiene una razón de ser. Envenenar nuestra sociedad también. Yo ahora les pregunto, con lo egoístas que somos (yo me incluyo) ¿no deberíamos aprender a respetarnos el uno al otro? ¿No deberíamos dejar nuestro orgullo de lado y entender por qué pasa lo que pasa? Yo solo quiero decirles una cosa: Ustedes un día se van a dar cuenta que solo serán felices el día que se amen tanto a sí mismos como aman a todo el mundo que los rodea.”
Eso fue lo último que se le oyó decir a Arié Aabí esa noche. Su reflexión, por mas simple y extraña que les haya parecido a quienes se encontraban en ese lugar, fue suficientemente poderosa para llegar a transformar una sociedad en la que describí al inicio de esta historia.
Hoy en dia, pensar en uno mismo es una cualidad de todos. Pensar en el otro es un don de pocos.
No importa quien sea, no importa su origen, su religión, su cultura ni su color de piel.
No importa quién sea. Para respetarse a uno mismo, es necesario respetar a quien llegue a rodearnos.

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